Chicos y chicas, esta es una conversación a propósito del campo y de los campesinos, entre dos escritores: el británico John Berger y el gallero Manuel Rivas.
Es la primera entrega. Espero lo disfruten.
CANS DE PALLEIRO.
Una conversación con John Berguer y Manuel Rivas
Referencia: SAMPEDRO, Víctor (2002) “Cans de palleiro: Diálogo con John
Berger y Manuel Rivas sobre cultura campesina” en FUNDACIÓN
CONTAMÍNAME (ed.) Ciudadanos de Babel, pp. 21-48. Punto de Lectura.
Madrid. ISBN 84-663-0740-0
Los encontramos en la calle. Contaban cuentos en una plaza próxima al estudio
de Pedro, donde se reúnen los sin techo y los sin patria, soñando sueños de cartones de
vino dentro de cartones de neveras. John Berger y Manuel Rivas se comportaban como
cans de palleiro de paso por Madrid. Así les llaman en Galicia a los perros sin raza,
concebidos y paridos en cualquier pajar. A pesar de ello, son animales sabios y
expertos, como los campesinos emigrados que acompañan en el destierro, en el tránsito
del heno al asfalto. Vinieron a la ciudad, ladrando en dos lenguas poemas y pasajes del
último libro de John Berger, titulado King: el perro que cosecha con otros “sin tierra” un
vertedero afavelado de Europa.
Duo de aullidos para un estandarte de harapos en honor a todos los exiliados del
campo. John, vestido con el luto pueblerino de los días de fiesta, pidió silencio para
escuchar los gorriones del otoño. Manuel ladró un aturuxo de mozo de aldea, semejante
al que un día antes gritaban los manifestantes contra el Fondo Monetario Internacional
en Praga: “Capitalismo, Canibalismo”. Y, al final, echaron a correr en frente de los
grises de la memoria, girando en torno a nosotros, convocados por una bandera blanca
con un lema pintado en spray rojo y negro: “King y vosotros”.
Les abordamos en el bar de la esquina para llevarles a casa, con las únicas
promesas que tientan a los aldeanos: alimento, bebida y conversación. Belén, María y
Rosa oficiaron el banquete. Vasos y platos siempre llenos. Sonrisas y miradas que
alimentaron las esperas y los silencios, los huecos libres del diálogo. Nela, la compañera
de John Berger, se reclinaba en un sillón. La guitarra y las estrofas de Pedro dieron paso
a una conversación en inglés, gallego y castellano.
Víctor Sampedro:
Con Ciudadanos de Babel queremos aproximarnos a quienes aprecian el valor
de la diferencia. A veces los primeros extraños, los más extranjeros, resultan ser quienes
tenemos más cerca. Pocos autores como vosotros se han acercado tanto a los
campesinos que, a pesar de ser nuestro pasado y presente inmediato, nos resultan cada
vez más lejanos. Podríamos arrancar de vuestras trayectorias personales. No para
espurgar vuestras biografías, sino para compartir vuestra experiencia. Antes de irse a
vivir al campo, John practicaba y enseñaba arte en Londres. Estabas inmerso en la vida
cultural de la metrópoli. Y desde fuera parece como si de repente hubieras tomado la
decisión de vivir en una aldea de los Alpes franceses. ¿Qué ibas buscando? ¿Qué
encontraste? Y tú, Manolo, desde hace tiempo vives en una aldea cerca de A Costa da
Morte. Naciste en Os Castros, un barrio de A Coruña , frontera entre el campo y la
ciudad. Allí, en lugar de plazas, entre los edificios había pequeñas huertas cultivadas
por jubilados. Nos gustaría que aprovecharais para comentar algunas ideas que la gente
de la ciudad tenemos sobre los campesinos.
Manuel Rivas [se adelanta para dar tiempo a que le traduzca la pregunta a John]:
Posiblemente mi caso sea diferente al de John. No doy un salto tan grande desde
la ciudad o la metrópoli. Mi familia o parte de mi familia siempre vivió y continúa
viviendo en el campo, por lo que no tuve una sensación... digamos que no tomé la
decisión de irme al otro lado. Aunque después la experiencia sí tiene consecuencias muy
importantes. Resulta curioso comprobar hasta qué punto en una distancia muy corta, en
pocos kilómetros, puedes encontrar lo que está pasando hoy en el mundo. Lo interpreto
realmente como una metáfora del mundo. Es como descubrir en otra escala un cierto
sentido de la vida.
Desde hace años vivo cerca de Vimianzo, un lugar de 5.000 habitantes, un
pueblo. En la aldea, como yo le digo, somos 20 familias y el lugar se llama Urroa. Para
los de Coruña Urroa no existe, porque no está en el mapa. Pero para los que están más
cerca, para los de Vimianzo, tampoco existe. Es otro mundo...es la aldea. Mi
experiencia más interesante allí fue descubrir que los miembros de casi todas las
familias habían sido o eran emigrantes a Europa, y antes a América... Me encontré con
un mundo del cual hablar.
Voy a intentarlo contar mejor con una experiencia concreta. Una noche, víspera
de San Juan, hicimos una gran hoguera. Esa fecha está plagada de costumbres: lavarse
por la mañana con agua perfumada con siete hierbas... Bueno, allí conservan todo.
Arriba de las casas colocan una rama de saúco. Ahora las ponen en las antenas de
televisión, para ahuyentar los malos espíritus. Bien, pues esa noche a las cuatro de la
mañana escuché hablar a aquellos campesinos. Les oí decir las mismas cosas en francés,
en alemán y en inglés. Entre ellos discutían cómo se nombraban distintas cosas en
francés, si estaba bien pronunciado [habla en francés]. Hablaban de la caza, del zorro...
en todos los idiomas que habían aprendido en sus trabajos. Bueno, quizás esto me
sugirió la vitalidad de una conversación, de un mundo que luego multipliqué en
cuentos. Lo que intento decir es que la situación de verdad nueva, la situación que
vivimos se resume en que en cualquier parte del planeta todo puede ser puesto encima
de la mesa. Cualquier cuestión, hasta los más temas más lejanos. Porque todo el mundo
está más o menos contaminado.
John Berger:
Tal vez podemos ampliar la discusión. De lo que estamos hablando es de la mala
información que tenemos de los demás, gente a veces muy próxima. Por ejemplo, la
desinformación que recibimos en las ciudades sobre los campesinos se parece a la que
hemos tenido, ampliando el tema, del Este de Europa durante 50 años. Pasa incluso
ahora sobre los rusos, y lo que ocurre allí en estos momentos. Nela es una experta y ha
escrito mucho sobre esto. De hecho estamos ante la misma clase de problema, tal vez.
Víctor Sampedro [dirigiéndose a Nela]:
¿Qué piensas? Por favor, ¿quieres unirte a nosotros?
Nela [incorporándose incómoda y recostándose de nuevo en el asiento]:
No, no. No quiero hablar.
John Berger [respetando la negativa]:
Pues bien, yo, tal vez la primera cosa, la única cosa autobiográfica que quiero
decir es que dejé la escuela cuando tenía 16 años. Nunca fui a la universidad ni tuve
educación superior. Bien, en un determinado periodo hice con mi amigo fotógrafo Jean
Mohr un libro. Creo que es el trabajo del que estoy más orgulloso y le llamamos El
Séptimo Hombre. Trataba de los trabajadores emigrantes, que en esa época eran
españoles, portugueses, griegos, argelinos, tunecinos... que fueron a buscar trabajo a
Suiza, Alemania, Francia, Gran Bretaña, y ...
Nela:
Eran los años setenta
Berger:
Sí, eran los principios de los setenta. E insisto en que creo que es el libro del que
me siento más orgulloso. Trabajando en él, que no es de ficción, como en otras muchas
de mis obras, mezclé poesía, ficción y hechos. Bien, hablando con estos emigrantes
descubrí que la mayoría venían de pueblos. Y me di cuenta de que quizás podría
acercarme a sus nuevas nuevas experiencias o el shock cuando llegaron a los países
ricos en los que ahora trabajaban. Pero sobre lo que habían dejado atrás, de sus vidas en
los pueblos, yo no sabía nada, ni podia imaginarlo.
Era muy consciente de mi enorme ignorancia. Lo cual no dejó de sorprenderme.
Simplificando razones más complicadas, tal vez por eso me fui entonces a un pueblo,
que en ese momento estaba bastante aislado y donde se vivía una vida tradicional.
Ahora todo eso casi ha desaparecido. Permanecí allí entonces, especialmente entre los
hombres y las mujeres mayores. Y no fui allí para... Quiero decir, que fui simplemente a
aprender. De hecho fue mi primera y única universidad. Mis maestros y profesores
fueron esos hombres y mujeres. Muchos, la mayoría de ellos, ya han muerto. No sólo
me enseñaron sus vidas, sino también y ante todo, la vida. Este es mi pequeño trozo de
biografía. Después de varios años, en esa universidad en la que habitaba empecé a
entender un poco más las equivocaciones, los errores o, simplemente, la ignorancia de
los que hablan de los campesinos desde la ciudad.
Manuel Rivas:
No debiéramos creer que existen fronteras definidas entre el campo y la ciudad, ni
personajes puros, sin contaminar. No es eso, hay una gran esquizofrenia. Sobre todo
encuentras a gente que, a veces, considera el emigrar como una liberación. Marchar del
campo se vive como la liberación de una esclavitud. Y, al mismo tiempo, te encuentras
con el gran drama interno que vive lo que queda del campesinado. Aunque se queden,
están pensando en marchar. La emigración se piensa como forma de progreso, de nueva
vida. Pero ellos, por ejemplo, nunca venden la tierra. Siguen llevando, teniendo, la tierra
dentro. Yo me quedo con ese drama, con esa esquizofrenia que también pesa sobre el
mundo.
Mestizaje, globalización, movimiento... convocan ideas muy hermosas. Pero
debemos cuestionar un poco la retórica y entender que esas palabras esconden muchos
dramas y también muchas trampas. Resulta evidente cuando, por ejemplo, las músicas
pueden traspasar las fronteras pero en cambio los músicos no. Un caso muy claro ha
ocurrido en Marruecos con algunas orquestas. En varias ocasiones dejaron pasar los
instrumentos en la frontera, pero no a las personas [traduce a John la historia]. Se les
pidieron papeles, visas... no podían pasar. Los instrumentos sí. A veces eso del
mestizaje me recuerda un poco a la postura del misionero, me refiero a la sexual.
Sabemos que el mestizaje ocurre en una sola dirección y que resulta muy difícil que se
dé en la otra. Puede resultar interesante debatir, después, el sentido real de esas palabras.
Os voy a contar una historia que tiene una parte divertida y otra tremenda. Tiene
lugar cuando los exploradores españoles llegaron a la península ahora llamada de
Yucatán. ¿Sabéis porque se llama así, Yucatán? Pues porque los primeros
conquistadores iban por la selva, y se encontraron con unos indígenas. Va uno y dice:
“Oye, Pepe saca el mapa” . Y les preguntaron a los indios: “¿Cómo se llama esto?”,
señalando el mapa. Los indígenas no entendían y, por supuesto, dijeron: “no
entendemos”, “We don ́t understand”, que en indio se dice Yucatán. Y los
conquistadores españoles dijeron: “Ah! Yucatán, esto es Yucatán”. [Risas
generalizadas]. Claro, igual de contentos se hubieran quedado poniéndole ese nombre a
los indios, los indios “ We don`t understand”.
Víctor Sampedro:
De la universidad de la aldea, viviendo con los campesinos, extraéis el principal
material de vuestros libros: Ahí, creo que podemos encontrar y rescatar algunas
enseñanzas para vivir un presente tan confuso como el actual. Por ejemplo, podríamos
comentar el concepto de representación, que apenas existe, según John, en los pueblos
pequeños. Entre los campesinos no hay espacio para encarnar papeles ficticios, porque
están rodeados de personas próximas en un entorno conocido. En el campo también
existe otra manera de mirar, presente en vuestra literatura, es la mirada de las personas
de la aldea. No hablamos de personajes, porque los dos escribís sobre personas no sobre
personajes. Esa mirada se situa entre la de un niño y la de un hombre viejo. Conserva la
ingenuidad de los pequeños, unida a la memoria y la capacidad de resistencia de los
mayores. Y un tercer tema, que podríamos comentar, sería la forma campesina de
narrar, de conversar y contar historias alrededor de la mesa. En nuestro mundo de
comidas de trabajo o de negocio, hemos olvidado, como practicaba Platón, que el
verdadero diálogo social nace tras compartir ritualmente la comida. Los filósofos
griegos clásicos dictaban sus lecciones a los comensales en los banquetes. Nos gustaría
que comentaráis esos dos o tres puntos: la representación, la manera de mirar y de
contar de los campesinos.
John Berger [se mesa los cabellos y reflexiona durante un tiempo]:
La cuestión sobre la falta o ausencia de representación, creo que es un poco más
complicada. Porque, sí, en la comunidad tradicional se conocen todos y no hay
verdaderos secretos. Aunque sí existen algunos, que la gente aparenta que son secretos,
pero que realmente no lo son. Esto reduce la necesidad de las grandes representaciones.
Otro aspecto es que los campesinos mantienen conversaciones en las que cuentan
historias de otra gente que conocen e imitan. Y todo el mundo inmediatamente reconoce
a la persona en cuestión: sus gestos, su forma de hablar o lo que repite todo el tiempo.
De modo que sí existen formas de representación, pero todo el mundo reconoce cual es
representación y cual el original. Por supuesto, este es también el principio del humor.
Manuel Rivas:
La imágenes que tenemos del campesino, sobre todo las manejadas por los
políticos conservadores, encarnan los tópicos de las identidades nacionales. Constituyen
como la piedra, la referencia base y los valores de una especie de mundo
incontaminado. Pero esta visión resulta demasiado grosera y, de hecho, brutal. Porque
en realidad los campesinos representan a los indios, aún son “los otros”. Y creo que esto
es algo muy dramático. Para la gente todavía viven de forma diferente, aún no entraron
completamente en el shopping mall, el gran centro comercial. Se quedan a las puertas,
entran y salen.
Una de las cosas reales que experimenté y viví, además como una experiencia
muy diferente, es la peculiar economía del tiempo. Los campesinos, mis vecinos
siempre tenían tiempo para hablar, más tiempo para hablar conmigo. Recuerdo, estoy
viendo ahora a las mujeres venir antes de ayer, vamos, con grandes haces de hierba en la
cabeza. Yo permanecí en la puerta apurado porque... el teléfono, las entrevistas, acabar
un artículo.... Y ellas me hablaban sin prisa alguna, con todo el peso encima. Yo era el
apresurado. Y ellas, en realidad, tenían más razones para estarlo: tenían menos dinero,
más problemas... Cuidaban del ganado. En la cocina tenían la comida al fuego. Su padre
estaba enfermo en el hospital de la ciudad. Pero tenían tiempo para hablar conmigo. Yo
no.
Se trata de un problema de estructura mental, de formas diferentes de pensar. Y
me di cuenta de que eso nos separaría siempre: el sentido de la economía del tiempo. No
piensan que sea algo totalmente productivo. No precisan rentabilizar cada hora. En
cambio, yo sí. Aunque trataba de escucharles, yo notaba que estaba hecho en otro
tiempo, ¿sabes?, inmerso en el sentido productivo del reloj. Eso sí que nos separa.
Aunque trataba de vencerlo... Pero para ellos forma parte de su cultura. Vale la pena
hablar sobre la enfermedad o sobre la boda de su hija. En cambio yo...”Ah! la boda. Sí,
sí, bueno... Vale. Vale. Ya hablaremos." Yo quería escuchar a aquella aldeana, pero
siempre pensaba que habría algún otro momento. Y para ellos ése era el momento. Con
la hierba encima, ahí aguantando, mientras yo no llevaba peso alguno.
Víctor Sampedro:
Esto que Manolo acaba de comentar refleja toda una noción del tiempo, como
espacio de diálogo, de narraciones...
John Berger:
Sí, es muy importante. Pero intentemos no idealizar. Porque en esa comunidad
donde todos saben que tienen que vivir juntos, también se matan unos a otros. Aunque
con más frecuencia se matan a sí mismos, por soledad. Esto también forma parte de la
verdad. Pero, sin embargo, en la vida diaria y en todas las relaciones, en algún lugar, los
campesinos mantienen la idea de que tienen que encontrar un modo de vivir juntos.
Porque estamos ahí. Y, si no lo hacemos, todo se desintegrará. Aunque al vez no sea
ésta ésta la verdadera razón. Quizás debamos vivir todos juntos porque todos somos
herederos de la muerte. De la misma muerte, que está mucho, mucho más presente en
los pensamientos de los campesinos y en su vida cotidiana más que en ningún otro
lugar. Vale, ésta era una primera idea.
Otra cuestión se refiere a la economía campesina de subsistencia. La que lo es de
verdad nunca entrará en los cánones de la contabilidad. Porque se trata de un trabajo
interminable. No tiene fin, ni se puede medir. No existen períodos de trabajo y de
descanso. En cierto sentido, todo es tiempo de trabajo. Entonces (y esta es la paradoja),
entonces resulta posible, en este eterno tiempo de trabajo, que alguien llegue, incluso
inesperadamente, e interrumpa esa eternidad. Por supuesto que podemos estar con él
media hora hablando o tal vez, si es por la noche, dos horas. No es nada comparado con
esa eternidad, no miras el reloj.
En cierto sentido, la noción o el principio de que el trabajo es interminable existe
porque la gente es consciente de que siempre está frente a lo desconocido. Aunque
saben una enorme cantidad de cosas muy, pero que muy diferentes. Desde reparar el
motor de un tractor hasta ayudar a las mujeres a parir. Sus conocimientos son
extremadamente variados. Pero siempre tienen la sensación de estar frente a lo
desconocido. En ese contexto no puedes decir realmente “esto es trabajo y ahora me
paro”. Porque lo desconocido se presenta siempre, cargado de ciertas promesas, y más a
menudo de temor. Todo el tiempo. Por esto el trabajo es interminable.
¿Cómo miran? Esa es otra pregunta. El grado de observación de un campesino
por hora resulta absolutamente extraordinario. Si fuese posible realizar una estadística,
una persona de la ciudad percibe en una hora, digamos, una centena de acontecimientos.
Diría que un campesino tradicional observa un millar. Y la mirada lo abarca todo: “Ajá,
¿por qué Jack se va hoy de su casa?, nunca lo hace, ¿qué va a hacer?”, pero también
percibe cómo vuelan los pájaros; si se ven o no las montañas, porque eso tiene que ver
con el tiempo... Se da cuenta de cómo camina esa vaca, de cómo está de hundido el
terreno en aquel sitio concreto, etc... Mira todo, todo el tiempo. Esta calidad de
observación es una especie de intercambio con el mundo, con otra gente, con la
naturaleza y con lo desconocido. Eso convierte la mirada en algo eterno y entretenido.
Manuel Rivas:
Quisiera esbozar una idea contra ciertos tópicos. A veces suponemos que el
campesino que emigra a la industria, a la ciudad o a otro país es un ser perdido,. Se
supone que vivirá un gran shock al tener que integrarse casi en otro planeta. En cierta
manera es cierto, pero también resulta verdad algo que me llamó la atención viviendo,
estudiando tanto en una aldea como Urroa. Me refiero a las grandes defensas, si quieres,
las grandes habilidades que desarrollan los campesinos a diferencia de muchos de
nosotros.
Puede, por ejemplo, que creamos que un gallego emigrante que procede de la
ciudad se encuentra más preparado para afrontar el choque de trabajar en una fábrica en
Alemania o de vivir en una ciudad como París o Londres. Curiosamente el campesino
puede estar más preparado. Aunque en principio el otro tenga mayor picardía o facilidad
de palabra, el campesino sabe más cosas. Y allí donde llegue un campesino aplicará
muchas habilidades, creará cultura. En Londres empieza fregando el hospital, pero
acaba siendo celador, el jardinero o el que arregla las herramientas, porque que nadie
sabe ya tocar las herramientas por dentro. No es un ignorante, acaba siendo el que más
sabe allí donde está. Porque ha experimentado cosas que otros desconocen, sabe cómo
afrontar problemas prácticos, sabe tocar cuerpos...cogerlos. Es decir, está preparado.
(8)
jueves, 5 de febrero de 2009
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3 comentarios:
No loco, ahora si te la bañaste !! Buen e interesante texto. Y qué bárbaros 14 post en 4 días ¡vaya arranque! Ahora, esperemos que los demás se animen a postear, esto puede y tiene que crecer más.
me gusto...
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